Tras la abolición de la trata de esclavos en 1807, las potencias europeas transformaron África en una inmensa colonia cuyo reparto oficial quedó establecido en la Conferencia de Berlín 1884.
A principios del siglo XIX, el continente era para los europeos un mapa mudo. Durante siglos, conocieron sólo sus costas –la Costa de Oro, la Costa de Marfil, la Costa de los Esclavos-, y las desembocaduras de enormes ríos como el Congo y el Nilo, cuyas fuentes, en el interior, alimentaban todo tipo de especulaciones románticas, la mirada europea veía a África mediterránea, al sur de ésta el Sáhara y más al sur el África Negra, el Continente Negro, como una “tierra de nadie” o en manos de pueblos considerados primitivos, a la espera de ser descubierta y cristianizada. La conciencia de superioridad europea hacía que la expansión colonial fuera vista como una misión civilizadora, casi un deber moral.
Los exploradores fueron la avanzadilla. Ellos bautizaron la geografía, clasificaron culturas y realizaron una apropiación simbólica de los territorios que atravesaban. Hacia 1880 la época de las grandes exploraciones había finalizado y la ocupación europea se precipitaba velozmente. Dos avances técnicos impulsaron la carrera colonizadora: la utilización de la quinina para vencer la malaria, enfermedad que hasta entonces mataba a la mitad de los europeos que residían en África, y las nuevas armas de fuego –como la ametralladora Maxim’s-, que aumentaba la capacidad de intimidación de los europeos y la posibilidad de enfrentarse con éxito a ejércitos más numerosos.
En 1875, el 10 por ciento de África estaba en manos europeas; iniciada la década de 1880, Gran Bretaña y Francia se repartían gran parte del continente africano; en 1902, la colonización europea abarcaba el 90 por ciento del continente, en 1914 la ocupación alcanzaba a la mayoría de los africanos.
Entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, tuvo lugar una Conferencia en Berlín (entonces capital del II Imperio alemán) , organizada por el canciller alemán Otto von Bismarck, para dirimir las rivalidades de las potencias europeas y evitar así que sus avances coloniales en África generaran enfrentamientos armados. Al “reparto de África” asistieron, a parte del Estado anfitrión, delegaciones de Reino Unido, Francia Bélgica, Italia, Portugal, España y Turquía, como partes más implicadas, pero también Países Bajos, Dinamarca, Suecia-Noruega, Rusia, Austria-Hungría e incluso Estados Unidos.
Ningún Estado africano estuvo presente, ni siquiera los reconocidos internacionalmente. Como Marruecos, Egipto, Abisinia o Liberia.
El trazado de las zonas de influencia se realizó sobre un mapa recién dibujado con los datos aportados por los exploradores. La escuadra y el cartabón (escuadra con ángulos de 30 y 60 grados) dividieron caprichosamente a los pueblos, separaron grupos lingüísticos y pulverizaron las culturas locales. Pese a su arbitrariedad, buena parte de las fronteras así trazadas se han conservado, aún a costa de intensos conflictos.
Durante la reunión, las potencias reconocieron el Estado Libre del Congo (Congo Belga desde 1908, actual República Democrática del Congo) y al rey Leopoldo II de Bélgica como soberano. Francia vería reconocidos sus derechos sobre los territorios orientales del Congo, lo que sería el Congo Francés (Gabón y República del Congo en la actualidad) y Portugal, un pequeño territorio en la desembocadura del río Congo. También quedó recogida en la Conferencia la reivindicación de Togo, Camerún y el África Suroccidental Alemana (actual Namibia) realizada por Alemania. Se acordó el libre comercio fluvial en el río Congo y la libre navegación en el río Níger (aunque primando los intereses del Reino Unido). Las delegaciones establecieron las bases generales y la justificación de posteriores ocupaciones en África: el derecho de posesión era fundamentado en la ocupación efectiva.
El resultado de la Conferencia fue una reproducción más o menos exacta del equilibrio político que se mantendrá en Europa hasta el término de la Segunda Guerra Mundial. Con el pretexto de acabar con el comercio de esclavos, se abrió una etapa que no se cerró hasta bien entrado el siglo XX. El discurso colonial puso el acento en la necesidad de cristianizar y “civilizar” a los negros africanos. Los europeos se repartieron las mejores tierras, impusieron trabajos forzados, combatieron creencias religiosas, abolieron usos sociales, la norma fue el expolio sistemático, la explotación e incluso el genocidio de naciones enteras en el nombre de la civilización cristiana y el progreso.
El rey Leopoldo II de Bélgica, afirmaba que quería evangelizar el Congo, pero sus habitantes sufrieron trabajos forzados, salvajes torturas y ejecuciones ejemplares. Perdieron la vida entre cinco y diez millones de personas, mientras este territorio fue colonia personal del rey, que amasó una inmensa fortuna personal esquilmando al país de marfil y caucho.

El Fortín del Estrecho