Del inglés: ideology; del francés: idéologie; del alemán: ideologie; del italiano: ideología…
El término fue creado por el filósofo francés Antoine Lois Claude Destut De Tracy (Idéologie, 1801) para indicar “el análisis de las sensaciones y de las ideas”, según el modelo de Étienne Bonnot de Condillac. “La ideología fue la corriente filosófica que señaló el tránsito del empirismo iluminista al espiritualismo”, “se aplica este término a toda doctrina que practique la filosofía como análisis de la conciencia o que, en general, pretenda inferir de la conciencia los datos de la investigación filosófica o científica”. Dado que algunos de los ideólogos franceses le fueron hostiles, Napoleón adoptó el término en sentido despectivo, llamando “ideólogos” a los “doctrinarios” o sea a personas privadas de sentido político y, en general, sin contacto con la realidad (Emmanuel Picavet, Les idélogues, Paris 1891). En este momento se inicia la historia del significado moderno del término que se aplica, no a una especie cualquiera de análisis filosófico, sino a una doctrina más o menos carente de validez objetiva, pero mantenida por los intereses evidentes o escondidos de los que la utilizan.
La noción de ideología, en este sentido, resulta, en la segunda mitad del siglo XIX, fundamental para el marxismo, pues es uno de sus mayores instrumentos polémicos contra la cultura denominada “burguesa”. Marx, en efecto, afirmó la dependencia de las creencias religiosas, filosóficas, políticas, morales, de las relaciones de producción y de trabajo, tal como se constituyen en toda fase de la historia económica (cf. Sagrada familia 1845: Miseria de la filosofía 1847). Es la tesis que luego se denominó “materialismo histórico”; (Engels, aplicó este nombre al canon de interpretación propuesto por Marx). Ahora bien, por ideología, se entiende, para el saco, al conjunto de esas creencias, en cuanto no tienen otra validez que la de expresar una determinada fase de las relaciones económicas y, por lo tanto, de servir a la defensa de los intereses que prevalecen en cada fase de estas relaciones.
Precisamente en este sentido, la ideología fue por primera vez estudiada en el “Tratado de sociología general” 1916, de Vilfredo Pareto a pesar de que en esta obra, Pareto, no adopta el término ideología (que sin embargo había usado en los “Sistemas socialistas”, 1902, pp. 525-526). La noción de ideología corresponde, en Pareto, a la noción de teoría no-científica, entendiéndose por esta última toda teoría no lógico-experimental. Una teoría, según Pareto, puede ser, en general, juzgada:
1.- Por su aspecto objetivo, es decir, en relación con la experiencia.
2.- Por su aspecto subjetivo, esto es, por su fuerza persuasiva.
3.- Por su utilidad social, o sea por su utilidad para el que la produce o la acoge (Trattato 14).
Las teorías científicas o lógico-experimentales se valoran objetivamente, pero no en otras formas, por cuanto su finalidad no es la de persuadir (ibid., 76). Por lo tanto, sólo las teorías no científicas se valoran en base de los otros dos aspectos. Ciencia e ideología, pertenecen así a dos campos separados. Que nada tienen en común: la primera, al campo de la observación y el razonamiento; la segunda al campo del sentimiento y de la fe (ibid., 43). La importancia de esta distinción ha sido justamente subrayada; por una parte, se hace imposible considerar como verdadera una teoría persuasiva (o útil) y, por otra, permite “comprender antes de condenar y distinguir entre el estudioso de los hechos sociales y el propagandista o el apóstol” (Bobbio, Vilfredo Pareto e la critica delle ideología). Desde el punto de vista del análisis de la ideología, la doctrina de Pareto ha establecido un punto importante: el de la función de la ideología, que es, en primer lugar; la de persuadir, esto es, de dirigir la acción. Este punto es dejado de lado por otro teórico de la ideología: Karl Mannheim, quien ha distinguido un concepto particular y un concepto universal de ideología. Se entiende por ella en sentido particular, “al conjunto de las imitaciones más o menos deliberadas de una situación real, con cuyo exacto conocimiento contrastan los intereses del que sostiene la ideología misma”. En sentido más general, se entiende por ideología, la total “visión del mundo” de un grupo humano, una clase social, por ejemplo. El análisis de la ideología en el primer sentido debe hacerse -según Mannheim- en el plano psicológico; el análisis de la ideología, en el segundo sentido debe hacerse en el plano sociológico (trad. esp.: Idelogía y utopía, México FCE. 1941). En uno y otro caso, la ideología es según Mannheim, la idea que es capaz de insertarse en la situación, de dominarla y de adaptársela: “Las ideologías –dice- son las ideas que trascienden la situación y que nunca llegan a realizar de facto los proyectos implícitos en ellas. Aunque a menudo se prefiguran como justas aspiraciones de la conducta privada del individuo; al aplicarlas en la práctica su significado a veces se deforma. La idea del amor fraterno cristiano, por ejemplo, pervive como una idea irrealizable, por lo tanto ideológica, en una sociedad fundada en la servidumbre, aun cuando su significado constituya para quienes lo interpretan de buena fe, un fin de la conducta individual”. En esto, la ideología, sería diferente a la utopía que, en cambio, llega a realizarse. Como se ha observado a menudo, el criterio así sugerido por Manheim, para la distinción entre ideología y utopía (que ha de establecerse post factum: trad. “después de”), esto es, la realización, incluye un círculo vicioso, ya que el juicio acerca de la adecuación de la realización, es decir, la valorización de esta adecuación, podría sólo hacerse a partir de una distinción preventiva entre ideología y utopía.
La característica de ambas doctrinas mencionadas es la oposición entre ideología y las teorías positivas, o sea entre la ideología y la ciencia, según Pareto, y entre la ideología y la utopía (la teoría que se realiza) según Manheim. Aun cuando Pareto, distinguió el juicio acerca de la validez objetiva de una teoría y el juicio acerca de su fuerza de persuasión y sobre su utilidad social, la oposición que formuló, entre ideología y teoría científica le permitió constituir dos clases nítidamente diferentes de teorías. Ahora bien, resulta bastante evidente que si una teoría científicamente verdadera no tiene por ello mismo fuerza persuasiva (fuera del campo de los científicos competentes), es también claro que una teoría evidentemente falsa desde el punto de vista científico, no puede tener mucho tiempo fuerza de persuasión. Actualmente, por ejemplo, nadie establecería una forma de propaganda cualquiera acerca de la no existencia de los antípodas. La fuerza de persuasión de una teoría no es atacada de modo invariable por la teoría misma, sino que depende del contexto social en que la teoría obra o en la que se le hacer servir. La verdad o no verdad científica de la teoría es, por cierto, un elemento de este contexto, que constituye, como los otros elementos, la fuerza persuasiva de la teoría. Es necesario, por lo tanto, subrayar que el significado de una ideología no consiste, como lo han considerado los escritores marxistas, en el hecho que se exprese los intereses o las necesidades de un grupo social, ni consiste en su verificabilidad o no verificabilidad empírica, ni en su validez o falta de validez objetiva, sino simplemente en su capacidad de controlar o dirigir el comportamiento de los hombres en una situación determinada. El alcance ideológico del principio adoptado por Manheim, como ejemplo, el amor fraterno, no consiste en el hecho negativo de que tal principio no se realice en una sociedad basada en la servidumbre, sino en el hecho de que precisamente en una sociedad basada en la servidumbre, tal principio permita controlar y dirigir la conducta de un gran número de personas.
En general, por lo tanto, se puede denominar ideología toda creencia adoptada como control de los comportamientos colectivos, entendiendo el término “creencia”, en su significado más amplio, como noción que compromete la conducta y que puede tener o no validez objetiva. Entendido así, el concepto de ideología resulta puramente formal, ya que puede ser adoptada como ideología tanto en una creencia fundada sobre elementos objetivos, como una creencia totalmente infundada, tanto una creencia realizable como una creencia no realizable. Lo que hace de la ideología una creencia no es, en efecto, su validez o falta de validez, sino sólo su capacidad de control de los comportamientos en una situación determinada. (N.A)
En el ámbito del llamado debate sobre el “final” o la “decadencia” de las ideologías -que caracterizó los decenios de 1950 y 1960 y que, en ciertos aspectos, aún continúa- , se tiende a contraponer “ideológico” a “pragmático” y advertir en las ideologías un sistema de ideas denominado dogmatismo, el doctrinarismo, el extremismo, etc., esto es, un modo de pensar caracterizado por marcados componentes emotivos e irracionales.
Al significado de “débil” o “neutral”, especificado por el doctor en filosofía italiano Nicola Abbagnano y rebatido por Bobbio con la definición de ideología como “sistema de creencias y valores, que se utilizan en la lucha política para influir en la conducta y comportamiento de las masas, para orientarlas en una dirección de preferencia a alguna otra, para obtener el consenso y, en última instancia, para fundamentar la legitimidad del poder” (Saggi sulla scienza política in Italia, Laterza, Bari, 1968-1969 p. 144), se contrapone el significado tradicional “fuerte” o “negativo” de Marx, y de los marxistas, al cual se remiten en cambio los seguidores de la denominada “crítica de la ideología”.

CRÍTICA
DE LA IDEOLOGÍA
Expresión que se refiere al programa de un “filosofar crítico” orientado a liberar a la humanidad de toda forma de mistificación ideológica y del dominio económico-político. Surgida como antítesis a una comunicación social “distorsionada” y en el atropello, la crítica de la ideología (que tiene su matriz original en la Escuela de Fráncfort y sus herederos importantes en Apel y Habermas) hace valer las instancias del “vivir rectamente” o de una “comunidad ideal” fundada en valores como la verdad, la libertad y la igualdad: De ahí su naturaleza de “psicoanálisis dialéctico”(es la consecuencia de una reinterpretación del marxismo, según la cual: determinadas categorías estructuralistas están implícitas de forma activa en las obras de Karl Marx, así como el pensamiento de otros autores que han desarrollado su teoría), orientado a la construcción de un tipo de convivencia exento de ceguera ideológica y de las condiciones “materiales” que impiden una auténtica comunicación interpersonal: “Sólo cuando la filosofía descubre (…) las huellas de la violencia, que deforma el dialogo continuamente intentado (…) lleva adelante el proceso cuyo estancamiento legitimaría en otra forma: el progreso del género humano hacia la emancipación” (J. Habermas, Teoría e prassi nella società tecnológica, Laterza, Roma-Bari, 1969, p. 16). En virtud de estas características “emancipadoras”, la crítica de la ideología se coloca en posición polémica respecto a la hermenéutica (técnica o método de interpretación de textos), que ha sido tachada de “idealismo lingüístico (o sea de no tomar debidamente en consideración los Realfaktoren de la historia) y del “conservadurismo” (o sea transformar en una realidad ya existente el ideal de la igualdad y de la paritariedad de los participantes en el diálogo social; cf. El debate recogido en AA. VV Hermeneutik und Ideologiekritik 1971; trad, al Ital,Queriniana, Brescia 1979). Los partidarios de la hermenéutica, a su vez denuncian la implantación dogmática (los supuestos “fuertes”) de la crítica de la ideología, la cual al parecer funciona “sólo adoptando como criterio un Grund (piso o base) de alguna manera absoluto, declarado exento de toda limitación ideológica” (G. Vattimo, apostilla de 1983 a la 2da. Edición Veritá e método, 1960, Bompiani, 1983) (G.F.)

El Fortín del Estrecho